
Avellaneda, 30 de octubre de 2026
Querida Naty:
Estoy chocho con este proyecto que arrancó con Nina y siguió con Pame. Sí, digo chocho porque me encanta esa palabra. Mi mamá suele usarla: “Estoy chocha, me vinieron a ver mis nietos” o “estoy chocha con tu nuevo libro”. Debe ser que las mejores palabras son siempre las maternas. Por algo le decimos la lengua materna (eso que Lacan llamó Lalengua). En fin, quiero decir que estoy chocho con esto de mandarnos cartas.
Te cuento que esto de las cartas me encanta desde muy chico. A los doce años, Bernardo, mi mejor amigo, se fue a vivir a Buenos Aires. Después de despedirnos en la puerta de su casa, yo volví a casa llorando (sí, la primera vez que me rompieron el corazón fue la partida de un amigo. Debe ser por eso que el tema de la amistad aparece tanto en mi literatura) y mamá me dijo que no me preocupara, que a partir de ahora nos podíamos mandar cartas. Eso hicimos durante todo el secundario (antes de que aparecieran el mail o los chats): nos mandábamos cartas cada dos o tres meses.
Era un placer llegar del colegio y encontrar una carta de Ber sobre la mesa. Solían ser seis o siete páginas escritas a mano, con una letra ilegible que solo yo entendía —a él le pasaba lo mismo con las mías—, y yo me encerraba en la pieza y no salía hasta que terminaba de leerla. Me contaba de Buenos Aires, me sugería discos que a Cipolletti no llegaban, me hablaba de sus novias, de sus padres separados, de cómo extrañaba el pueblo, etc. De esa vida inmortal que es la adolescencia.
Yo esperaba unas semanas y le respondía. Todo ese tiempo, toda esa espera entre carta y carta, era maravilloso. Era cuando el tiempo podía ser mediado y no nos desesperaba la inmediatez como ahora. Por eso, cuando leí la carta de Pame, mi impulso fue sentarme a responder, pero después recordé las cartas con mi amigo y me dije que no, que tenía que dejar pasar unos días. Dejar que las palabras de Pame leudaran en mí, como de joven lo hacían las de Bernardo. Bueno, Nati, para no seguir divagando, como ya habrás leído, la excusa de estas cartas es recomendarnos libros. Nina recomendó “Nena”, de Sandra Russo, y Pame sugirió “Dura una eternidad y en un instante se acaba”, de Anne De Marcken (¿no te parece que esas recomendaciones dicen tanto de ellas?). Yo quiero recomendarte “La niña que leía sentada en el piso”, de Federico Jeanmaire.
Se trata de una nena que, antes de aprender a hablar, aprende a leer. No es que la nena no hable, sino que apenas dice palabras y a cada palabra que pronuncia la acompaña con gestos en las manos, como si fueran signos de puntuación. La madre la ignora desde que nació y la nena se la pasa encerrada leyendo libros. Entonces, cansada de que la nena casi no hable, la madre la lleva a una psicóloga que se interesa sobremanera en este caso, a tal punto que abandona todo encuadre profesional para ayudarla.
Este es el disparador, pero la novela va mucho más allá. Es una revisión que el autor hace sobre la naturaleza de la escritura y su relación con el habla. Me hizo pensar en Derrida cuando, en su libro “De la gramatología”, plantea que la escritura no es un mero derivado del habla, sino una estructura que fundamenta al lenguaje mismo. Pero además lo cruza con “El Quijote”, de Cervantes —Federico es especialista en este libro—; propone un método para que la niña mejore su habla que se llama método “Delibes”; rastrea los orígenes de los signos de puntuación en los griegos y en los romanos; presenta a los libros —y a la lectura— como un refugio ante la hostilidad del mundo adulto, pero, sobre todo, se detiene en la relación de esa nena con esa psicóloga, que —sin spoilear demasiado— muta en una relación de abuelidad que emociona.
¡Todo tan Jeanmaire!
Es una novela hermosa y luminosa que muestra que, frente a los mecanismos de crueldad, siempre son necesarios dispositivos de ternura. Y esa es la mejor terapéutica. Quizás por eso me gustó tanto el libro. Así como a Nina el libro “Nena” le pareció un híbrido entre ensayo y autoficción y a Pame “Dura una eternidad y en un instante se acaba” uno entre poesía y narrativa, a mí “La niña que leía sentada el piso” me parece que cruza literatura, lingüística, y de forma muy lateral, psicología.
Bueno, ahora te toca a vos seguir. Me despido más chocho que cuando empecé. Se ve que extrañaba jugar un rato sin la presión de lo inmediato.
Te mando un abrazo enorme. Nos vemos pronto para leer poesía.
Tu amigo, Matías.
