Y llegaron ellos. Por decreto, la gambeta fue declarada subversiva.
Censuraron las rabonas, los caños de ida y vuelta, los abrazos de gol.
Ya no flamean banderas en las canchas.
Intervinieron la AFA y los clubes.
Detuvieron a Maradona y, tras un juicio fraguado,
lo condenaron al silencio perpetuo, arrancándole la lengua.
Los maradonianos son torturados
en las tenebrosas mazmorras del predio de Ezeiza.
Ordenaron quemar, inquisidores, biblioclastas,
la literatura insurgente de Santoro, Soriano, Bayer, Galeano.
Prohibieron los pases de tres dedos, la pelota al ras,
jugar con dos delanteros, hacer una de más.
Prohibieron la nostalgia.
Bochini, Orteguita y Román fueron proscriptos.
El patadón de Krupoviesa a Montenegro
es materia obligatoria en las escuelas de fútbol.
Prohibieron cantar en los estadios
y a los hinchas retobados les cosieron los labios.
Los zurdos debieron aprender a patear con la derecha
bajo amenaza de amputarles la pierna sediciosa.
Quieren el control de Internet.
Ni una palabra de Messi. La tele no transmite las ligas europeas.
El Barcelona fue excluido de la Play.
Los potreros fueron militarizados.
Los potreros tienen cámaras de seguridad que vigilan día y noche
y sensibles sensores subterráneos
que detectan inmediatamente a los rebeldes malabaristas del esférico.
Ellos son los héroes de la patria futbolera,
los que se niegan a renunciar a la sublimidad del juego,
los que se sublevan contra esta dictadura de pierna fuerte.
Los que se inmolan sin canilleras, arriesgando tibia y peroné.
Nada dice la prensa reptil, lameculos.
Los relatores obsecuentes, amanuenses del poder,
braman partidos inexistentes en cadena nacional.
Festejan cada 0 a 0, pontificando con euforia que es el resultado perfecto.
Las patrullas verde oliva están en las calles las 24 horas.
Los francotiradores de la resistencia suelen dispararles,
con certera puntería, siniestros tiros libres
que se les meten por el ángulo superior izquierdo del pecho.
Por cada uno de ellos que cae, hay un festejo clandestino de gol.
Los jueves, una doliente ronda de múltiples camisetas
da vueltas y vueltas por Viamonte, entre Uruguay y Talcahuano,
pidiendo por el fútbol desaparecido, pidiendo por los desaparecidos del fútbol,
pidiendo por el regreso de la alegría, de la gambeta irreverente,
de la rabona asombrosa, exigiendo la aparición con vida de los wines
y la libertad de los presos, cuyos colgajos de carne viva fermentan
en los Auschwitz de todos los estadios del país.
Los tanques hidrantes despejan con saña las calles,
pero las camisetas volverán el jueves que viene,
y el siguiente, y todos los jueves.
El fútbol está en las barricadas de los obreros,
en las villas, en los barrios, en el barro, en las trincheras
que conspiran, en el pase redondo
que nos devuelve el cordón de la vereda.
El fútbol resiste en los recreos de los patios de colegio,
en la fábrica, en la oficina.
Está en los chuecos adoquines, en la memoria desterrada de los viejos,
en el pilón de Starosta, en un gol de media cancha con botines Sacachispas.
El fútbol está en las pretéritas tapas de “El Gráfico”,
en las páginas arratonadas de “La Goles”
que sobrevivieron a todas las requisas de los aristarcos de turno,
en el recuerdo de una pelota del paleolítico con el chicote de tiento
deshidratado como un cordón umbilical oculto en un frasco.
El fútbol está en las fotos sepias de la infancia,
en la pulpo de goma con piel de cebra rebotando hasta el infinito,
en la mágica alquimia de un padre y su hijo
trepando juntos por primera vez las tribunas,
en el idioma cotidiano, en el réquiem del domingo.
El fútbol está en el calcio de los huesos,
en la hemoglobina, en los cromosomas de nuestro ADN.
El fútbol está en la terquedad asnal
de los que combaten contra esta horda de eunucos intelectuales
que prefieren tener un Picasso escondido en el sótano
para protegernos de la belleza.
El fútbol está en el susurro boca a boca de los exiliados del régimen,
en la baba contagiosa del mate, en el semen urgente y pringoso de la siesta,
en la teta, en la teta abundante de una madre,
en los corazones estropeados de tristeza,
en las miradas en cautiverio, en el silencio del pánico.
Por eso no podrán los engendros de Pol Pot,
porque el fútbol es esa semilla que desparrama el viento,
que vuela anárquica y caprichosa
y se siembra en las estrías del vientre de la tierra.
Volverá el fútbol que le gusta a la gente.
Volverán todas las gambetas que nos desaparecieron,
todas las rabonas que nos censuraron.
Volverán los caños de ida y vuelta y los abrazos de gol.
Volverán las voces y serán truenos estallando contra los paravalanchas.
Ese día está llegando. Luche y vuelve.
Puedo entender que no te guste estar conmigo,
que mis 50 ya le pesen a tus 20,
que las hormonas se retoben en tu ombligo
y algún esperma se te ofrezca de donante.
Puedo entender que no te agrade como visto,
que no comprendas lo que digo cuando digo,
y que me ataque la nostalgia cuando el vino es ese Judas
que otra vez traiciona a Cristo.
Puedo entender que no compartas mi postura,
que te moleste cuando silbo la marchita,
que ponga en mute la televisión basura,
pero la suba en el discurso de Cristina.
Puedo entender que no aceptes mis fetiches,
que no coincidas con mi amor descamisado,
que diga amén cada vez que veo el afiche
con Perón y Evita sonrientes y abrazados.
Pero no entiendo que detestes Las meninas de Velázquez,
el cine de Woody Allen y los pases de Riquelme,
la canción de Zitarrosa, aquel gol a los ingleses,
Esperando la carroza y la pizza de capresse,
el perfume de la albahaca, la sonrisa Mona Lisa,
el cielo de Purmamarca, la guitarra de Salinas,
la mirada Che Guevara, la poesía de Tuñón,
los sahumerios de La Banda y los soles de Bretón.
Y no entiendo que detestes los murales de Siqueiros,
el Adriático en Trieste, los gordos de Botero y la Maga de Cortázar,
y los mares de Salgari y los castillos de Praga,
y la cintura de Messi y el faro de Alejandría,
y los tangos de Molina y el sexo con fantasías y las noches de Dolina.
Puedo entender que todo ha terminado
y que en el aura del colchón quede una virgen fugaz crisálida,
tu vuelo ha comenzado, no llores más que se te corre el rímel.
Puedo entender que todo ha terminado
y en las maletas ya no te quepa nada,
pero llevate este amor descamisado,
aunque sea colgando de las alas.
Una mujer se sienta en el bidet.
Un hombre en el retrete de la cancha.
Un niño muere en la Franja de Gaza.
Un indignado se inmola en la Cibeles.
Un musulmán arrastra los grilletes en el silencio pavoroso de Guantánamo.
Un árbol cae mutilado de machete y Juan Rulfo apuñala a Pedro Páramo.
Una adúltera es lapidada en Irán y Bin Laden, sorprendido en Pakistán.
Un mercenario con nostalgia de napalm mira las fotos de una aldea de Vietnam.
Un banquero invierte en fondos buitre, mientras River regresa del abismo y la tierra se retoba con un sismo, y en un bar todos miran la catástrofe.
Un veterano combatiente de Malvinas vende aspirinas que nadie quiere comprar. Le hace gambetas con muletas a la esquina. Y en su mirada está la causa nacional.
Arde el petróleo en la noche de Bagdad. Pide clemencia Khadafi sin honor. Hallan culpable de abuso al monseñor, calla la Iglesia en honor a la verdad.
Desbordan soja los campos argentinos, crece la hambruna patética en Sudán.
Mientras en Cuba brinda con un mojito ese Fidel viejito de eterna dignidad.
Hay un Videla en la cárcel común que se retuerce en sueños como inquieto.
Hay una voz que le pregunta aún: ¿Adónde están los hijos y los nietos?
Y todo esto, mi amor, para decirte que, a pesar de los pesares yo te quiero.
Y aunque el planeta estalle todo entero, algún pedazo vivirá para abrazarte.
Y todo esto, mi amor, tanto me abruma, que si yo fuera el Bogart de Casablanca, no dejaría que Ingrid Bergman se me vaya. No subirías al avión con esa bruma.
El mundo se derrumba. Y nosotros nos enamoramos.
No se puede salvar a Pompeya, enterrada en cenizas.
No se puede escapar de las redes del ciberespacio.
No se puede poner más erecta la Torre de Pisa.
No se puede lograr que el Titanic evite el naufragio.
No se puede ignorar medio siglo de Cuba bloqueada.
No se puede amputar de la historia la Mano de Dios.
No se pueden dejar de buscar tantas vidas robadas.
No se puede esconder el horror en un grito de gol.
No se puede escupir la manzana mordida por Eva.
No se puede impedir a Jesús esa última cena.
No se puede borrar la memoria que vive en la ESMA.
No se puede tener otra piel después de Mandela.
No se puede guardar un Picasso escondido en el sótano.
No se puede jugar por izquierda y patear con derecha.
No se puede beber un tequila de espaldas al Zócalo.
No se puede rogar que la muerte vuelva en otra fecha.
No se puede pedir una tregua a las grandes potencias.
No se puede pagar una entrada para el tour de Arjona.
No se puede vivir todo el tiempo de las apariencias.
No se puede negar que es un sueño ver al Barcelona.
No se puede salir a bailar sin el diablo en los pies.
No se puede entender la pasión si no hay River y Boca.
No se puede cambiar el avión donde vuelve Gardel.
No se puede juzgar la poesía por el sexo de Lorca.
No se puede tentar la suerte con las cartas marcadas.
No se puede mirar a la luna con los ojos que duelen.
No se puede atrapar la pelota en la cancha embarrada.
Y amarte como yo te amo, tampoco se puede.
Textos incluídos en el libro El relato de los relatores, de Leo Gentili.
