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Adrogué, 13 de agosto de 2026

Mati querido:

¿Cómo estás? ¿Dónde te agarra esta descarga epistolar? ¿Cómo te llevás con las cartas? Yo soy fanática de la correspondencia. Y sí, en todo sentido. ¿Viste qué hermoso que a la carta se le diga “correspondencia”? Porque implica lo mutuo, la interlocución, la bilateralidad. Un poco como el amor, ¿no?

El año pasado di un curso en la UNA sobre literatura epistolar y fue una belleza. Recuerdo algunas cosas hermosas que se desprendieron del curso. Por ejemplo: llegamos a la conclusión de que la carta se viste cuando es escrita y se desviste cuando es leída. Se viste cuando se cubre el papel de palabras, cuando la guardamos dentro del sobre, cuando lo cerramos y, en el correo, agregan el matasellos. Y al llegar, todo el proceso inverso. Es un acto de intimidad increíble, lleno de poesía, sobre todo en estos tiempos de hipervelocidad y despersonalización. La carta nos obliga a encontrarnos con nuestra voz, a elegir, palabra a palabra, un texto que sobreviva al momento en que es escrito, que apela y confiesa. 

Es verdad que estas cartas no van a viajar en papel, pero de todas maneras ponen un paréntesis en el ritmo cotidiano y me convoca especialmente al cuidado, a la orfebrería del mensaje. ¿Son literatura las cartas? Yo creo que sí. Y éstas, además, están destinadas a ser leídas por miles de pequeños voyeurs.

Como sabés, Nina empezó este intercambio. Lanzó la primera piedra, podríamos decir. Y me contaba de la ilusión que le producen estos proyectos, el movimiento oxigenante que implican frente a la desesperanza. En medio de la precarización, la necesidad de equilibrio emocional y la desventura social, a veces siento que somos privilegiados en esto de poder trabajar con palabras.

En la primera carta, Nina me recomendó “Nena” de Sandra Russo, que fue publicado recientemente por nuestra querida Sudestada. Me interesó particularmente que lo sintió como un híbrido entre autoficción y ensayo. Quiero decir, últimamente me interesa todo lo que discute la idea de género. Quizás porque conversa con la oportunidad de suprimir etiquetas, lo que, para mí, siempre implica una posibilidad de enriquecimiento; como si en esa frontera se pudiera conjugar lo que más nos interpela de los dos territorios.

Bueno, si Nena híbrida la autoficción y ensayo, el libro que yo te voy a recomendar es una conversación entre narrativa y poesía. Y es la conjunción que más me seduce de la literatura. Seguramente responde a mi condición de poeta y narradora, pero también porque creo que la poesía es el magma de toda la literatura y, cuando se revela en la ficción, logra capas y capas y capas de sentido.

El libro que quiero recomendarte es “Dura una eternidad y en un instante se acaba” de Anne De Marcken. Es, a su vez, una recomendación que Agus Bazterrica me hizo a mí. La narradora es una mujer zombie, aunque no es una zombie típica. También convive con un hambre infinito, insaciable. Por supuesto, una cosa se vincula con la otra. ¿Quiénes somos si no recordamos quienes fuimos? ¿Qué buscamos saciar si no sabemos qué quisimos alguna vez? En medio de todas las respuestas posibles aparece, brillante y protagonista, el lenguaje. La narradora entabla una suerte de diálogo con las palabras que recuerda a través de una voz extraña y hermosa que se las dicta. Todas estas disquisiciones se suceden, una tras otra, en el camino que emprende hacia el último lugar que cree recordar. Así que, como una lenta road movie a pie, nuestra zombie nos muestra el vínculo con ese cuerpo que está en permanente caducidad pero que, de todas maneras, se niega a morir, también con la inexactitud del recuerdo, con la incerteza, con las preguntas sobre la identidad y el amor y los nombres que le ponemos a las cosas para hacerlas propias.

Es un libro breve y hermoso y triste y, quizás, una de los más lindos que leí en el año. Vos sabés que me mueve mi fanatismo por las palabras, pero de verdad creo que lo vas a disfrutar mucho. Lo publicó Hueders en Argentina, con traducción de Ce Santiago. Lamento que no haya traducción al rioplatense, pero bueno, quién te dice, quizás sucede.

Bueno, Mati, empiezo a despedirme. Arranqué esta carta en casa y la termino desde el desaforado sosiego de mi oficina porteña. En Plaza de Mayo el día es gris, pero, insospechadamente, Buenos Aires se las ingenia siempre para ser la ciudad más hermosa del mundo. Hoy no hay bombos y los extraño. Me gusta pensar que, cuando suenan, logran sincronizar los latidos de todos los que creemos en los milagros paganos. Miro la Casa Rosada desde acá y peleo por sostener una esperanza moderada. A veces me gana el enojo, pero, por suerte, hoy te escribí esta carta y el día mejora irremediablemente.

Te dejo un beso grande. Nos vemos pronto, amigo.

Pame