Blog

Nena

La autora acude a recuerdos de infancia para volverlos ficción, y para narrar una historia que es personal pero también potentemente política.

Por Karina MichelettoPágina/12

“Este no es un libro más. Surgió de otro lugar, otro estado de escritura, otro estado de conciencia, otra posición corporal. De un cansancio moral importante”, dice Sandra Russo en las notas introductorias de Nena, en las que reflexiona sobre lo autobiográfico y lo narrativo. Habría que agregar que surgió de su extraordinaria capacidad de mirar los detalles del mundo, los grandes y los pequeños, como quien recorta instantes con los que termina armando historias dotadas de una densidad que es a la vez sensible y política.

Por eso conmueven sus contratapas en este diario o sus tantos libros de ensayo, o sus editoriales en su programa de radio Jugo de limón (lunes a jueves de 20 a 22, por la AM 530). Pero no es esa la operación que recorre en Nena (editorial Sudestada), donde esta vez se zambulle en la narrativa como género. Aquí Russo acude a recuerdos de infancia para volverlos ficción, y para narrar una historia que, nuevamente, es personal pero también potentemente social y política.

Russo toma los hilos de su propia biografía y, en la figura de esa madre a la que nunca entendió –y a la que padeció, a falta de un diagnóstico psiquiátrico que llegó recién en la adultez– expone todo un síntoma social: el mudo malestar de una clase media argentina que accedió a la chance del ascenso social, entre la vergüenza del origen y cierta falta siempre latente por no llegar a encajar del todo en ese nuevo lugar ganado.

En esta charla, la autora reflexiona sobre los orígenes de la voz narrativa, su obsesión con la comunicación y los dolores invisibles de una clase social que hoy asiste a su propia desintegración. Son temas que retomará el viernes 17 a las 19 horas, cuando presente Nena en la Librería Sudestada (Tucumán 1559), junto al filósofo Rocco Carbone y la directora de Página/12, Nora Veiras.

-El título de esta nota podría ser “Lo personal es político”. Partís de una historia que funciona como un botón de muestra literario, y es tu propia historia.

-Eso es algo que comprobé recién después de que el libro estuvo completamente escrito. Tengo la deformación periodística —o la mirada de la realidad— tan incorporada que el proceso fue inconsciente. No me propuse de antemano que la novela contuviera un eje social. Lo que hice fue, simplemente, contar mi historia en el teclado de un teléfono celular durante un año. Nunca la escribí en la computadora. Escribía en una especie de semi-inconsciencia, en madrugadas donde estaba pasada de sueño o todavía muy dormida. Experimenté qué me pasaba en ese estado y en esa posición corporal: escribía acostada. Me enganché y seguí hasta que terminó.

-¿Cómo fue el proceso de pasar ese impulso del teléfono a la estructura de una novela?

-Después lo pasé a la computadora y se lo di a Romina Tumini, una amiga que vive en Stuttgart y con quien el año pasado dictaba un taller de escritura creativa. Ella me hizo una primera lectura con sugerencias que me ayudaron mucho. Lo limpié un poco y se lo entregué a Gustavo Nielsen. Él me dio instrucciones un poco más precisas, ahí hice una corrección bastante fuerte y, cuando terminé ese proceso, vi que había una historia. Recién ahí la vi. Y entendí que ya no era mi historia: era la historia de esa nena. Todo se reconvirtió.

Libro "Nena" Sandra Ruso
Libro «Nena» Sandra Ruso Archivo –

-Siempre que se habla de la movilidad social ascendente se la piensa desde el bienestar. ¿La novela recorre el reverso de esa moneda?

-Claro, porque me di cuenta de que mi vieja nunca había podido aceptar o tramitar bien el hecho de haber sido la única de nueve hermanos a la que le había ido bien económicamente. Todos sus hermanos se quedaron en los sectores populares. Por supuesto que los procesos son multicausales, pero yo viví toda mi infancia ese proceso de ascenso social de mis padres, acompañado por la vergüenza del origen. En casa no se hablaba de la familia originaria, porque las familias de todos mis amigos del club y las amigas del Rotary de mi vieja jugaban al tenis, y la nuestra venía de Lanús (Burzaco, en la novela). Me pareció que eso hablaba directamente de la constitución de la clase media en la Argentina. Nunca pasamos en limpio cómo la clase media fue trabajada para detestar el lugar del que proviene. Ni cómo la dictadura destruyó económicamente al país. Hay que recordar que antes del ’76 no había pobreza estructural, las villas de emergencia eran eso, de emergencia, era un país totalmente distinto

-¿Por eso elegís ese final preciso, en 1976?

-Sabía desde el principio que quería que el libro terminara en el ’76. Quería contar una primera infancia que concluyera exactamente en ese año. Es un final en el que no te hace falta decir nada más; cualquiera puede imaginarse cuál va a ser el destino de esa nena a partir de la llegada de la dictadura. Cronológicamente va desde mis primeros recuerdos hasta el final del secundario.

-Podría pensarse el ’76 también como el final de una época colectiva, el fin de la infancia de todo un país.

-Así es. Pero además funciona muy bien en términos narrativos, porque en la trama están los hermanos mayores que son montoneros, las carreras que cada uno quiere seguir, las proyecciones de ese momento.

-¿Cómo lees ese “malestar de origen” de la clase media en clave actual?

-La clase media se vino a pique en estos últimos años desde el macrismo y ahora el mileísmo busca su final. Si hay alguna oportunidad de reconstruir una clase media, ojalá no sea la misma que ya teníamos. Ojalá sea una que tenga mucho más claro de dónde viene y cuál es su alianza real.

-No pareciera posible hoy, más bien se ha instalado un resentimiento ciego…

-Por supuesto, pero es que ahí hay que reconocer una falla estructural de la Argentina. El odio no es natural, está construido artificialmente. Te construyen la idea de que tu enemigo es el “trapito” o el tipo que vive en la calle de barro. Siempre digo que cuando hay una crisis muy grande en nuestro país, la mayor violencia explota donde termina la tierra y empieza el asfalto. Ahí es donde el del asfalto siente que es diferente al que vive en la calle de tierra, el que vive justo enfrente. Ahí es donde se mata en las crisis, ahí suben los francotiradores a las terrazas, ahí vienen los saqueos. Hay mucha violencia e inseguridad en ese sector que sabe que hace un movimiento en falso y se vuelven a caer de clase. Son los que se defienden con uñas y dientes, pero en lugar de defenderse de los de arriba, se arman contra los de abajo.

-La novela sigue a la nena desde su muy primera infancia hasta su adolescencia. ¿Cómo trabajaste esa voz infantil que cambia mucho a lo largo de los capítulos?

-Me costó mucho trabajo pulir al detalle esa voz narradora para no infantilizarla. La voz de la nena no aparece de manera directa salvo en dos o tres capítulos. El primer capítulo es clave porque la nena apenas habla. Esa escena donde la madre rompe el pocillo y le echa la culpa a ella ocurrió de verdad. Ahí descubrí lo que era la palabra mentira, para mí fue un bajón total descubrir que mi propia mamá me mandaba al muere. Ahí la nena es muy chiquitita. Después, cuando entra al jardín de infantes, se nota la estructura mental de una criatura de 4 o 5 años, que se mata de risa con un compañero y que va surfeando la realidad. Porque la nena la va surfeando siempre. La suya podría haber sido una infancia tremenda, pero ella no nota que hay algo raro, asume que la vida simplemente es así. Se adapta a todo: al alemán que no entiende, a las idas y vueltas de la madre. Se adapta incluso a que la madre le dé jugo de naranja cuando le duele la panza, hasta que un día ve que al amigo le dan arroz. Ahí la nena se aviva, es la forma en que los chicos procesan el mundo.

Sandra Russo
Foto: Guadalupe Lombardo
Sandra Russo. guadalupe lombardo

¿Existió realmente en tu vida esa “familia salvadora” que aparece en el libro?

-Existieron, es un rejunte de varias familias de la realidad. Sigo teniendo cuatro amigos de la época del kindergarten. Esos amigos del colegio existieron y fueron un refugio, aunque los ficcionalizo un poco y a lo mejor los resumo en un personaje.

-En la novela aparece el colegio alemán como un territorio hostil, donde no entendés nada porque no hablás alemán, pero a la vez, nuevamente, la pasás bien.

-El alemán significaba para mí la incomunicación absoluta. He reflexionado sobre el origen de mi deseo profundo de trabajar en la comunicación, y creo que me viene de ahí: de haber crecido con una madre que estaba loca y a la que no le entendía lo que me decía, y de haber ido a un colegio donde para mí era completamente natural no entender absolutamente nada de lo que se hablaba. Yo asumía que la vida era así: la gente te habla y vos no entendés (risas).

-Es impactante leer en el libro cómo te dividías, afuera y adentro del colegio.

-Es que era así. Dentro del colegio aprobaba todo, hablaba el idioma, pero cruzaba la puerta de salida y me olvidaba completamente. Me pasa hasta el día de hoy: escucho hablar en alemán y me siento como en casa, me resulta recontra familiar, pero no entiendo en absoluto lo que están diciendo. De ahí ligo mi profesión con una necesidad pendiente de comunicar. Me interesa el puente con el otro, siempre busco entender a los demás.

-¿Y esa tía Bocha, también salvadora, existió de verdad?

-Sí, a mí me crió mi tía los primeros dos años de vida. Es totalmente cierto que mi mamá no me podía cuidar, que llamó a mi tía y que nunca fue diagnosticada psiquiátricamente, todo eso es real. Lo que pasa es que literariamente operé algunos cambios. Hice muchas transpolaciones de las que ni yo misma me daba cuenta mientras escribía. En la vida de cualquiera hay cosas como estas, el gran tema es cómo volverlas narrativas. Finalmente me doy cuenta de que a la vida, a veces, le faltan ingredientes para ser narrativa, y otras veces le sobran. Hay que encontrar la medida exacta para hacer creíble la vida propia y, al mismo tiempo, no tener ese afán desmedido de que se note que es tu propia vida.

-Venís de escribir sobre todo ensayo, como en las contratapas de este diario. ¿Qué te gusta de este registro que lograste?

-Enseño y leo mucha narrativa, como también enseño y leo ensayo. Busco una narrativa limpia, muy contemporánea, poco descriptiva y con poco adjetivo. Un regustro muy visual, limpia, simple. No hay palabras difíciles ni conceptos abstractos. El texto solo habla de hechos, no se ancla en las ideas. No quise poner reflexiones mías y ningún personaje se pone a filosofar. Es gente que vive y que no se pone a pensar en política ni en filosofía mientras vive. Para mí, que vengo de escribir contratapas que son extremadamente conceptuales, este registro fue una especie de spa mental. Y podría haberme inventado cualquier otra historia que no tuviera nada que ver conmigo, o decidir poner foto reales, como hice, y no revelar que eran mías. Pero me pareció que estaba bueno transitarlo así, casi como una autoterapia literaria.